Los farolillos de melón, una costumbre arraigada en el Poniente Granadino, Subbética y Campiña Sur Cordobesa la víspera del Día de los Difuntos

El Patrimonio Inmaterial de Andalucía se hace eco en estos primeros días de noviembre de “los farolillos” de melón que se realizan con motivo de la festividad de Todos los Santos y el Día de Difuntos.

El Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico ha recopilado en el Atlas de Patrimonio Inmaterial de Andalucía multitud de rituales festivos, oficios y saberes, modos de expresión y alimentación.

El Patrimonio Inmaterial de Andalucía se hace eco  en estos primeros días de noviembre de “los farolillos” de melón que se realizan con motivo de la festividad de Todos los Santos y en el Día de Difuntos, en el mes de noviembre.

Esta costumbre está especialmente arraigada en las localidades de Salar y Loja en el Poniente Granadino y en otras comarcas como la Subbética y Campiña Sur Cordobesa.

En Salar, los vecinos más longevos del pueblo son los encargados de elaborar los farolillos de melón que se realizan en la víspera del Día de los Difuntos, que se celebra el día dos de noviembre.

Según la costumbre estos faroles debían colgarse en el dintel de la puerta, para ahuyentar a los espíritus que vagaban libres durante esa noche. Esta actividad forma parte de una tradición que cayó en desuso durante más de una década y que se ha recuperado en los últimos años. Por iniciativa de los consistorios de Loja o Salar, se han promovido talleres para la recuperación de estos saberes y costumbres que, con el paso del tiempo y la influencia de la cultura anglosajona, han acabado por contar con una creciente aceptación, lo que no ha impedido, sin embargo, que se estén incorporandoen estas celebraciones elementos simbólicos de otras culturas. 



La Vega de la Comarca de Loja, de la que forma parte el municipio de Salar, proporciona a los propietarios de las fincas productos de la huerta como patatas y melones. Con la llegada del frío se lleva a cabo la recolección de estos productos que, en su mayoría, se destinaban al autoconsumo. Los melones que no habían alcanzado el tamaño adecuado para su venta, en una labor que hoy se consideraría de reciclaje, se utilizaban para realizar los objetos que los niños utilizaban como faroles luminosos cuando los días eran más cortos y se venía rápido la noche. Eran los abuelos y abuelas los que, próxima la Festividad de Todos los Santos, con los melones ya maduros, realizaban faroles para los nietos. De forma sencilla y empleando utensilios elementales, se confeccionaban en momentos de ocio, por lo general en las casas y ante la presencia de los niños que, de esta forma, aprendían los procedimientos básicos que les ayudarían en un futuro a reproducirlos, afianzando así un proceso de trasmisión del saber por relevo generacional. 

Con una sencilla navaja o un cuchillo se abre, en la parte central redondeada del melón, un hueco a modo de puerta y se vacía de contenido. A continuación la corteza se va perforando hasta ahondar y hacer los huecos por donde, una vez terminado, proyecta la luz el farol. Estas figuras de estrellas o animales de libre elección sirven como elementos decorativos y surgen de la imaginación o de la recreación personal. Por el hueco que se ha abierto a modo de puerta se introduce la mariposa de aceite, que emite luz e ilumina el farol, y del rabillo, que une el fruto a la planta, se ata la cuerda que sostiene y permitirá colgar el farol.

Tanto las antorchas de esparto como los faroles de melón, objetos de iluminación elaborados a partir de productos naturales, se siguen confeccionado gracias a la memoria de las personas mayores y su interés por mantener "las cosas de siempre". No obstante, no tienen garantizada su continuidad por la falta de implicación de los jóvenes que, como en el caso de los faroles, prefieren tomar como referentes simbólicos en la Noche de Difuntos objetos propios de la Fiesta de Halloween; tal es el caso de las calabazas decoradas con caras.