La falta de visibilidad, el peso de los prejuicios y la merma de recursos son los principales obstáculos a los que se enfrentan las mujeres en los pueblos

La falta de visibilidad, el peso de los prejuicios y la merma de recursos son los principales obstáculos a los que se enfrentan las mujeres en los pueblos

Reportaje de Raúl Conde, publicado en la revista ‘Papel' de El Mundo.

La sombra alargada de los prejuicios, la carga del doble peso laboral y doméstico, el papel secundario en la esfera pública, la escasez de recursos por los ajustes de la crisis. Todos los obstáculos con los que la mujer sigue topándose en la ciudad se multiplican en el campo. Es cierto que la mejora de las infraestructuras y la extensión de internet, aunque a remolque, han reducido la fosa que antaño separaba las urbes de las aldeas recónditas. Sin embargo, la invisibilidad de la mujer rural continúa sin corregirse.

María Luisa Somoza vive en El Barraco (Ávila) y contaba 35 años cuando en 1996 decidió poner cabras para sacar adelante a su familia. No tenía experiencia en este oficio y asegura que notó desde el principio que "aquello era un trabajo por y para los hombres". En su perfil convergen dos de los trabajos más duros a los que se expone una mujer: ganadera y ama de casa. "Hago la casa, preparo la comida, voy a la nave por la mañana y por la tarde. Allí ordeño y doy de comer a las cabras, arreglo un comedero o doy de mamar a los chivos, que es como llamamos a los cabritos. Vamos, que estoy todo el día pringada. Sólo tengo un rato libre cuando me tomo un café por la tarde, pero soy feliz porque me gustan los animales".

María Luisa es titular, junto a su hijo, de su negocio pero esta no es una realidad frecuente en España. La desidia en la aplicación de la Ley de Titularidad Compartida, en vigor desde enero de 2012, ha hecho que desde entonces sólo 300 mujeres se hayan registrado como titulares de sus explotaciones ganaderas. Se esperaba que lo hicieran 300.000. Teresa López, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur), asegura que "son 300 heroínas que han superado las trabas burocráticas. El Gobierno no aplica incentivos para el cambio de mentalidad ni informa sobre las ventajas a las explotaciones".

En todo caso, más allá del sector primario, la mujer en el mundo rural se enfrenta a una desigualdad intensificada. Desde Fademur, que apoya la huelga feminista del 8-M, señalan "la precariedad laboral, la brecha salarial, la exclusión financiera por la eliminación de oficinas bancarias, la dificultad para acceder a créditos y el aislamiento por la brecha digital". Actualmente, el 60% de los municipios continúa en zona de sombra, es decir, que su acceso a la banda ancha de internet es inexistente o deficiente.

A ello se suma que el marco legal materia de violencia de género no atiende suficientemente las especificidades de los pueblos, pese a que el 60% de estas víctimas pertenecen al entorno rural. "Los recursos no llegan, los cuartelillos cierran por la noche por falta de dotación, el transporte se ha recortado y el acceso a internet para denunciar es de baja calidad", advierte López.

Debajo de los datos y de la abulia política para cambiar la realidad subyace el machismo incrustado en las sociedades apartadas de los corredores urbanos. Según Inmaculada López, una artesana de 40 años radicada en La Pueblanueva (Toledo), "las mujeres que vivimos en el pueblo lo tenemos más difícil que en la ciudad, empezando porque es mucho más complicado encontrar trabajo".

"Como mujer he tenido más dificultades que las que hubiera encontrado un hombre en mis circunstancias. A mi negocio viene un proveedor y busca al hombre. Las mujeres estamos hartas de tanta épica, tanto esfuerzo, tanta heroicidad. Necesitamos que nos dejen hacer nuestro trabajo, sin trabas, sin sobrecargas, sin más", enfatiza Mónica Somacarrera, 45 años, productora de Gabarrera, la primera cerveza ecológica de la Comunidad de Madrid.

Su cervecera, cuyo nombre alude a la gabarrería -el oficio de recogida de la leña-, está ubicada en Mataelpino, una localidad de la sierra madrileña que no llega a los dos millares de habitantes. El proyecto lo puso en marcha en 2014, junto a su marido, tras experimentar con quesos veganos y mermelada. Ahora suman ocho empleados. "Este sector -recalca- es machista. No es que por ser mujer no compren mi cerveza, pero no se pone en valor en igualdad de condiciones un proyecto en el que haya mujeres".

La falta de reconocimiento social que padece la población femenina en el campo sigue inamovible. El perfil de la mujer rural en España es el de una mujer de unos 50 años, casada y con hijos, la mayoría de ellas declaradas amas de casa y que si ejercen un trabajo asalariado se considera como una extensión de las tareas domésticas. La antropóloga Soledad Muñoz explica en 'La buena mujer como mecanismo de control social en el ámbito rural' que la sociedad sigue tapando la diversidad de perfiles que pueden encontrarse "lejos del estereotipo de sumisa". A su juicio, visibilizar "las diferencias de género" resulta clave para afrontar "el éxodo rural, la masculinización y el envejecimiento".

Erika Gruss, 54 años, hizo el camino inverso al de muchas mujeres. Hace 15 años abandonó Madrid, tras obtener su plaza de funcionaria y cursar la especialidad de medicina familiar, para trasladarse a vivir y trabajar a Galve de Sorbe, una villa de apenas un centenar de habitantes en la sierra de Guadalajara. "Estaba cansada de la gran ciudad y me apetecía cambiar de aires. Me enamoré de la zona. Integrarse en esta comunidad es difícil y, a la vez, distanciarse es imposible. El médico es algo más que un médico en un pueblo: hacemos compañía. Y si no ves a tus pacientes en consulta, los ves en el campo y, si no, en el bar", admite.

Nieve, baja densidad de población, carencia de servicios, imposibilidad de todo tipo de ocio que no sea la tasca o el disfrute del paisaje... Todo eso forma parte del ecosistema rural. También la resistencia frente a los prejuicios. "No es lo mismo 'venir' al mundo rural que 'ser' del mundo rural. Quizá por eso me importa menos lo que digan de mí", matiza quien fue coordinadora del centro de salud de Galve de Sorbe durante 10 años, un ambulatorio que agrupa nueve pueblos y tan sólo 400 tarjetas médicas.

Los viejos roles se mantienen. "Aún noto rechazo por ser mujer. Hace poco alguien me dijo: '¿y para qué vas a ir tú a la reunión de la cooperativa? Si luego los hombres se van a ir a tomar cañas...", desvela María Luisa Somoza. "Sigue siendo difícil ver en el bar a mujeres mayores. Las jóvenes, sí, pero al resto sólo se les ve cuando se hace la reunión de la Virgen", concluye Erika Gruss, en referencia a la brecha rural, una asignatura pendiente del movimiento feminista en España.

Fuente

El Mundo